Si tuviera que describir el día de hoy, diría que fue (y sigue siendo) uno de esos días que uno se pregunta si existió. No es que no haya hecho nada. Entre otras cosas, fui al gimnasio, trabajé, fui al supermercado, pagué cuentas, fui a buscar la ropa al lavadero… Pero estuve todo el día como en una frecuencia distinta. Pienso cuál puede ser la razón, y hay por lo menos dos opciones: no terminé de despertarme esta mañana y sigo medio dormida o todavía estoy soñando.
Hay una tercera opción que tiene que ver con esto de la meditación, que observo con algo de incredulidad... aunque pareciera que meditar está teniendo su efecto. El otro día, dormí una de esas siestitas de menos de media hora (la “power-nap”) y por primera vez en mi vida, me funcionó. Están pasando cosas dentro de mí.
miércoles, 21 de mayo de 2008
jueves, 15 de mayo de 2008
La bicicleta
Él trabajaba en la estación de tren hasta la medianoche.
Montaba su bicicleta para recorrer los 10 km. hasta su casa.
Hacía 53 años que lo hacía.
Conocía esa ruta.
Llegaba, dormía unas seis horas
y arriba a recorrer el otro lado de la ruta
hasta el andén.
Su familia eran la noche, negra,
la ruta y los pasajeros.
Ellos lo cuidaban.
Los pasajeros cambiaban con los años
y las temporadas
pero la noche, no. Ni la ruta.
Pedaleaba y pedaleaba.
No dejaba de pedalear
porque sabía que algún día iba a llegar.
Montaba su bicicleta para recorrer los 10 km. hasta su casa.
Hacía 53 años que lo hacía.
Conocía esa ruta.
Llegaba, dormía unas seis horas
y arriba a recorrer el otro lado de la ruta
hasta el andén.
Su familia eran la noche, negra,
la ruta y los pasajeros.
Ellos lo cuidaban.
Los pasajeros cambiaban con los años
y las temporadas
pero la noche, no. Ni la ruta.
Pedaleaba y pedaleaba.
No dejaba de pedalear
porque sabía que algún día iba a llegar.
Personajes de Buenos Aires I
Subí al 34. Me senté y me miró. Tenía pelo corto y la cara muy arrugada. Actitud varonil, manos de mujer. Estaba sentada en la baranda baja justo opuesta a la puerta del medio, a pesar de que había asientos libres. Yo la tenía de frente. Ella tenía un encendedor en la mano. Hacía salir la llama y la miraba. La apagaba. Hacía salir la llama y la miraba. La apagaba. Un par de personas la empezaron a mirar con desconfianza. Yo, con mis anteojos negros. Unas pocas veces estiró el brazo con la llama encendida. Tenía una tos intermitente y casi imperceptible. Hacía salir la llama y la miraba. La apagaba. A veces hacía una pasada con su mirada sobre nosotros. El encendedor también era linterna en la otra punta. En un momento prendió la linterna y movía el brazo hacia la izquierda y hacia la derecha y apoyaba el punto de luz sobre la ropa de dos de los pasajeros. Uno de ellos, el más cercano, se puso incómodo. Hacia la izquierda y hacia la derecha. Cruzó el pasillo como para bajar, pero lo que hizo fue apoyar el punto luminoso sobre el buzo negro del señor que estaba sentado. Acercaba la linterna y la alejaba. Volvió a su lugar original, ahora de pie y agarrada del caño vertical. Hacía salir la llama y la miraba. La apagaba. Lamentablemente, llegué a mi parada. Mientras esperaba junto a la puerta, la podía ver en el reflejo del vidrio. Estaba quieta. Yo hacía rato había puesto la música en pausa. De repente, empezó a hablar con una voz muy aguda. No se entendía lo que decía.
Justo el día anterior había estado hablando con mamá de Niní Marshall y su personaje Cándida.
Justo el día anterior había estado hablando con mamá de Niní Marshall y su personaje Cándida.
miércoles, 14 de mayo de 2008
Personajes de Buenos Aires II
Ese día se tenía que ir del trabajo y no quería dejar los contactos a sus compañeros. Su jefe le dijo: «Mirá, esto es así. Los vas a tener que dejar». A lo que él respondió: «Pero si yo no me levanto ni para ir al baño para que no me roben los contactos».
jueves, 8 de mayo de 2008
Escrito en abril de 2004
La música. En la voz de Francisco, mi canción. El contrabajo en el rincón, desprendiendo su lamento y coraje. La banda, el enlace de dos vidas, las miradas que se encuentran, el compartir.
lunes, 28 de abril de 2008
jueves, 10 de abril de 2008
A callarse (Pablo Neruda)
Ahora contaremos doce
y nos quedamos todos quietos.
Por una vez sobre la tierra
no hablemos en ningún idioma,
por un segundo detengámonos,
no movamos tanto los brazos.
Sería un minuto fragante,
sin prisa, sin locomotoras,
todos estaríamos juntos
en una inquietud instantánea.
Los pescadores del mar frío
no harían daño a las ballenas
y el trabajador de la sal
miraría sus manos rotas.
Los que preparan guerras verdes,
guerras de gas, guerras de fuego,
victorias sin sobrevivientes,
se pondrían un traje puro
y andarían con sus hermanos
por la sombra, sin hacer nada.
No se confunda lo que quiero
con la inacción definitiva:
la vida es sólo lo que se hace,
no quiero nada con la muerte.
Si no pudimos ser unánimes
moviendo tanto nuestras vidas,
tal vez no hacer nada una vez,
tal vez un gran silencio pueda
interrumpir esta tristeza,
este no entendernos jamás
y amenazarnos con la muerte,
tal vez la tierra nos enseñe
cuando todo parece muerto
y luego todo estaba vivo.
Ahora contaré hasta doce
y tú te callas y me voy.
y nos quedamos todos quietos.
Por una vez sobre la tierra
no hablemos en ningún idioma,
por un segundo detengámonos,
no movamos tanto los brazos.
Sería un minuto fragante,
sin prisa, sin locomotoras,
todos estaríamos juntos
en una inquietud instantánea.
Los pescadores del mar frío
no harían daño a las ballenas
y el trabajador de la sal
miraría sus manos rotas.
Los que preparan guerras verdes,
guerras de gas, guerras de fuego,
victorias sin sobrevivientes,
se pondrían un traje puro
y andarían con sus hermanos
por la sombra, sin hacer nada.
No se confunda lo que quiero
con la inacción definitiva:
la vida es sólo lo que se hace,
no quiero nada con la muerte.
Si no pudimos ser unánimes
moviendo tanto nuestras vidas,
tal vez no hacer nada una vez,
tal vez un gran silencio pueda
interrumpir esta tristeza,
este no entendernos jamás
y amenazarnos con la muerte,
tal vez la tierra nos enseñe
cuando todo parece muerto
y luego todo estaba vivo.
Ahora contaré hasta doce
y tú te callas y me voy.
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